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Pedro Murillo, escultor de vida y paz

En su taller, ubicado en el barrio Belén, el maestro antioqueño Pedro Pablo Murillo combina la escultura con la cerrajería y el trabajo en hierro forjado.

La primera obra que vendió el maestro Pedro Pablo Murillo, un caballo de hierro forjado de unos veinticinco centímetros de largo por veinte de alto, fue una de las tantas figuras que ya elaboraba, a sus 12 años de edad, en el mismo taller donde su padre fabricaba herraduras, frenos para caballo y herramientas.

 

En contra de los regaños de su progenitor, el pequeño aprovechaba la hora del almuerzo, cuando los adultos dejaban encendida la fragua, para someter al fuego pedazos de hierro y varillas, que golpeaba hasta transformarlos en cristos y animales.

 

Por el equino metálico, el comprador -quien fijó el precio, pues el niño no sabía cuánto cobrarle- pagó el doble de lo que valía en esa época una docena de herraduras.

 

Años más tarde, don Jesús María Murillo, quien educó a su descendencia con mano de hierro, dura como el material con el que trabajaba en el taller, se opuso rotundamente a la decisión de su hijo Pedro Pablo, quien optó por estudiar en el Instituto de Bellas Artes de Medellín. Los argumentos de don Jesús, que no se le podían cuestionar, decían que el arte era para marihuaneros, hippies y bohemios.

 

Con lo que no contaba don Jesús era con que la voluntad y el carácter del maestro Pedro Pablo se encontraban también forjados -a prueba de todo- por el amor y la pasión profunda por el arte.

 

Con mucho sacrificio

 

Fue difícil para él conseguir los fiadores que le exigían en el Icetex para otorgarle el préstamo educativo. Sin embargo, pudo completar los requisitos y, sin la ayuda de su padre, inició su formación como artista plástico.

 

Mientras cursaba sus estudios en el Instituto de Bellas Artes trabajaba arduamente la cerrajería en su taller. Con lo que devengaba por su labor ayudaba con los gastos de su familia, el sostenimiento del taller mismo y pagaba las cuotas del préstamo.

 

Dormía dos o tres horas diarias y, explica, por el cansancio se quedaba dormido en todas partes. En contra de las adversidades y el agotamiento, en cuarto semestre ya era un estudiante avanzado. Empezó a exponer sus esculturas cuando cursaba el quinto semestre de la carrera. Siempre invitó a su papá. Primero lo hizo él mismo, luego envió las invitaciones con otras personas, pero don Jesús nunca quiso asistir a ninguna de las exposiciones.

 

Llevarle la contraria a don Jesús fue la causa del distanciamiento entre padre e hijo, a tal punto que no se hablaban ni para felicitarse en la fecha de su cumpleaños ni el Día del Padre. Así fue hasta que doña Gloria María, esposa del maestro, invitó a don Jesús a una exposición en el Concejo de Medellín.

 

La despedida

 

“Yo me sentí muy sorprendido cuando dijo que sí iba a ir”, cuenta el maestro Murillo. El ambiente de la exposición “fue muy agradable”. Al evento asistieron escritores, pintores y escultores. El saxofón de uno de los integrantes de Los Hermanos Martelo amenizó la velada.

 

“Mi papá era de esos viejos que nunca abrazaban, que nunca daban un beso”, cuenta el maestro. Sin embargo, empezando esa exposición en el Concejo, el padre abrazó al hijo. Y más aún cuando un periodista de Teleantioquia le preguntó a don Jesús si se sentía orgulloso de su hijo por sus obras y el éxito de la muestra. “Respondió que sí, que se sentía demasiado orgulloso. Cerró los ojos y se le salió una lágrima. Nuevamente me abrazó y me dijo que me felicitaba, que él nunca había creído en mí. Me volvió a abrazar y me dijo que para adelante, que yo podía ser muy grande artísticamente, que él se había equivocado”, narra el artista.

 

Salieron a las diez de la noche de la exposición. El maestro Murillo, su esposa Gloria María y su hijo, acompañados por los hermanos del escultor y su padre, se fueron a comer. Permanecieron juntos hasta las once y media de la noche. Pocas horas después, a las cuatro de la mañana, llamaron al artista y le avisaron que don Jesús había sufrido un infarto. Este permaneció en estado de coma durante doce días y murió.

El taller

 

Cascadas doradas de chispas luminosas brotan de los metales cuando entran en contacto con las pulidoras y se escucha un ruido que chirrea. Esto ocurre mientras los hombres adelantan trabajos de cerrajería y hierro forjado en la parte trasera del taller. Golpes de martillos que chocan contra una estructura metálica que yace sobre un yunque. El olor a soldadura se esparce y se escapa por el patio destapado. Incrustada en la pared, una imagen de María Auxiliadora observa con ternura las labores.

 

En Belén Miravalle se encuentra el taller. Allí se trabajan la cerrajería y el hierro forjado y ambos se hacen arte.

 

Las paredes se encuentran forradas con espejos, percheros, candelabros y cuadros de distintos pintores. Del techo cuelgan lámparas y faroles. Hay estanterías repletas de esculturas, tinajas, teléfonos y radios antiguos. Es una fusión entre cerrajería y museo.

 

El artista plástico fundó el taller hace cuarenta años, aproximadamente, veinte de los cuales permaneció en Belén San Bernardo, donde inició. Aunque es escultor con reconocimiento y varias de sus obras se encuentran en el extranjero (Inglaterra, Estados Unidos y Panamá) dice con orgullo que nunca dejó de ser cerrajero.

 

En el lugar se exhiben, además de los trabajos de ornamentación, obras del maestro Pedro Pablo Murillo y de otros artistas, a quienes les ayuda a vender el fruto de su creación. De igual manera, se encuentran antigüedades que le dejan en consignación.

 

Escultor de paz

 

En el barrio Santander, junto a la iglesia, un abuelo permanece día y noche sentado en una banca. La mirada nostálgica parece observar, como si se tratase de una película -en blanco y negro, lo más probable- los años jóvenes que ya se fueron.

 

La escultura lleva por nombre La soledad del abuelo. Es una de las obras del maestro Murillo más reconocidas en la ciudad, y quedó anclada allí, en este sector de la Comuna Noroccidental, como prueba fehaciente de que el arte y la cultura son herramientas de transformación social realmente efectivas, tanto, que ayudaron a gestar la paz en un barrio de Medellín donde en el año 2000 se registraban 164 muertes violentas, según los reportes.

 

A finales de los años noventa, mientras el maestro Murillo vivía en el Barrio Santander, el miedo corría por las calles de la zona. Los combos, que eran varios, sostenían entre ellos una guerra que desangraba las ilusiones de la comunidad. Las fronteras invisibles delimitaban sectores que no podían ser traspasados por los habitantes, y más aún, el hecho de no cruzar los límites no era garante de conservar la vida, pues la crueldad de la guerra ingresaba por cualquier rincón, traída por los integrantes de algún combo que buscaba venganza y que osadamente aparecían como una sombra de muerte para atentar contra “Los de arriba”, “Los de abajo”, “Los de allí”, o “Los de allá”.

 

La Mesa de la Cultura nació luego de que el maestro Murillo se reuniera con los esposos Gloria Rodríguez y Édgar Velásquez. De la charla que sostuvieron surgió la idea de realizar una semana cultural para congregar a los artistas del sector. La respuesta a la convocatoria fue masiva.

 

Después, La Mesa de la Cultura dio inicio al Proyecto de Vida Santander Barrio Cultural – Cultura que transforma. Por medio del arte y la cultura, varios líderes se propusieron contribuir a pacificar la zona, entre ellos se encontraban el maestro Pedro Pablo Murillo, el pastor de la Iglesia cristiana, el sacerdote de la parroquia, el teniente de la Policía, miembros de la Acción Comunal, la JAL, y claro está, los jefes de los combos. Ese año 2000 se fijó una meta clara: terminar con cero muertes violentas el año 2005. Así lograron que este último año se registraran en total cuatro muertes violentas en el barrio.

 

“Pelando el cobre”

 

En medio del proceso, el maestro se ofreció a donar una escultura para el barrio. El material sería el cobre. Para recolectar el metal se les pidió a los habitantes que aportaran elementos como llaves, canillas, candados y pedazos de alambre. En las iglesias se pusieron recipientes para que las personas depositaran sus contribuciones. Además, con una chirimía, los miembros de la Mesa de la Cultura recorrían el sector, tocando en cada casa para facilitar la recolección.

 

Tardaron casi un año para reunir setecientos kilos de cobre. La escultura requería entre mil y mil doscientos kilos. El faltante lo ajustaron con los casquillos de balas de fusil y revólver, que fueron donados por la Policía.

 

El sentido de pertenencia de la comunidad con la escultura, ha hecho que después de 16 años la obra titulada La soledad del abuelo se encuentre intacta, como recién hecha.

 

Ahora, con su nobleza y humildad, el abuelo permanece allí como símbolo de paz, tranquilo, viendo pasar la vida desde su banca.

 

Por la dignidad artística

Mientras Pedro Pablo Murillo residía en el barrio Santander, conoció allí a un maestro de unos setenta y cuatro años de edad aproximadamente. Se trataba de un músico que había compuesto piezas para cantantes de talla internacional. El compositor murió solo y en condiciones deplorables. “Era un gran maestro, pero olvidado por el Estado y por las instituciones que velan por los derechos de autor”, narra el escultor Murillo. Entonces se le ocurrió al artista plástico fundar una corporación que vele por la dignidad y los derechos de los artistas. Así nació hace tres años la Corporación de Artistas Plásticos Génesis.

 

En la Corporación Génesis se les brinda capacitación a los artistas acerca de sus derechos, se realizan exposiciones -como la que se lleva a cabo actualmente en el Club El Rodeo- y se busca formar a sus miembros en el crecimiento artístico y personal, entre otros objetivos.

 

Actualmente, agrupa cerca de treinta y cinco miembros, especializados en pintura, escultura, grabado y fotografía.

 

La sede de la Corporación se encuentra ubicada en el Centro de la ciudad, diagonal al Parque del Periodista. El maestro Pedro Murillo es el representante legal. Todo lo han hecho con sus propios medios. “De la empresa privada y la parte gubernamental, hasta el momento no hemos tenido absolutamente ningún apoyo”, manifiesta el artista.

 

“El objetivo primordial de nosotros es hacer arte por la dignidad social”, dice el maestro. Cuenta que ya han hablado con el Gobierno Nacional para buscar apoyo.

 

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